Consejos escritores noveles

La importancia de una buena primera página por Nicholas Avedon

25 mayo, 2017

Olvídate de la sinopsis. Si cuando el lector lee la primera página no se hace una buena idea de lo que contiene la novela o no le engancha algo en las primeras líneas, has empezado con mal pie para ese lector. Para que un texto funcione sin ayudas, no debe necesitar una explicación, sinopsis, prólogo o que te leas cien páginas para poner en ambiente al lector.

Es cierto, hay libros que lo hacen, pero tienen sus circunstancias. Estamos pensando en “El señor de los anillos” de Tolkien, ¿verdad?. Vale que algunos autores -ahora- conocidos se puedan permitir el lujo de hacerlo, pero eso no significa que sea lo correcto ni mucho menos. Todos como lectores, nos hacemos una idea del estilo del libro en las primeras líneas del texto. Desde el comienzo, tanto con el estilo como con una traza de la historia o los personajes, debemos agarrar al lector por los pelos y forzarle a seguir leyendo.

Sin elegirlos por nada en concreto, he seleccionado el comienzo de varias obras conocidas de buenos autores. Aunque son de estilos muy diferentes, debería ser sencillo ver lo que tienen en común todos los fragmentos, en mayor o menor medida. No tienen por qué gustarte como lector, pero si se leen de forma analítica es posible identificar ese “ansia” de situar al lector y de abrazarle para que no cierre el libro. Están diseñados para zambullir en la novela al lector. Todos ellos. Cualquier estilo. Es algo en común en cualquier buena novela.

 

Ponche de acido lisergico – Tom Wolfe

Cool Breeze es un chico con barba de tres o cuatro días que se sienta a mi lado sobre el metal abollado de la trasera abierta de una camioneta. Vamos dando botes. Subiendo y bajando y bamboleándonos sobre las podridas ballestas como en un barco. Detrás brinca colina abajo la ciudad de San Francisco, todo un incesante tambaleo de ventanas saledizas y arrabales con vistas que brincan y descienden por la colina.

La larga marcha – Bachman (King)

Un viejo Ford azul se detuvo esa mañana en el aparcamiento vigilado, con el aspecto de un perrillo cansado tras una larga carrera. Uno de los vigilantes, un joven inexpresivo con un uniforme caqui y los correspondientes correajes, pidió que le mostraran la tarjeta azul de identidad. El muchacho que iba sentado en el asiento trasero entregó la tarjeta de plástico a su madre, que se la dio al vigilante. Éste la introdujo en una terminal de ordenador que parecía fuera de lugar en aquel apacible paisaje rural. La terminal engulló el plástico y la pantalla se iluminó:

El cuento de la criada – Atwood

Dormíamos en lo que, en otros tiempos, había sido el gimnasio. El suelo, de madera barnizada, tenía pintadas líneas y círculos correspondientes a diferentes deportes. Los aros de baloncesto todavía existían, pero las redes habían desaparecido. La sala estaba rodeada por una galería destinada al público; y tuve la impresión de que podía percibir, como en un vago espejismo, el olor acre del sudor mezclado con ese toque dulce de la goma de mascar y del perfume de las chicas que se encontraban entre el público, vestidas con faldas de fieltro (así las había visto yo en las fotos) más tarde con minifaldas, luego con pantalones, finalmente con un solo pendiente y peinadas con crestas de rayas verdes. Aquí se habían celebrado bailes; persistía la música, un palimpsesto de sonidos que nadie escuchaba, un estilo tras otro, un fondo de batería, un gemido melancólico, guirnaldas de flores hechas con papel de seda, demonios de cartón, una bola giratoria de espejos que salpicaba a los bailarines con copos de luz.

En la sala había reminiscencias de sexo, soledad y expectativa, la expectativa de algo sin forma ni nombre.

Escoria – Welsh

El problema de la gente como él es que piensa que puede mandar a paseo a la gente como yo. Como si yo no fuera nadie. Todos esos seres amenazados que claman por algo de atención y de reconocimiento: no comprenden el tipo de mundo en el que vivimos ahora. Era un joven muy arrogante, muy pagado de sí mismo.

Ya no. Ahora gime mientras la sangre fluye espesa de las heridas de su cabeza y sus ojos amarillos y desenfocados se mueven de un lado a otro buscando desesperadamente la claridad, buscando algún significado entre la desolación y la oscuridad que le rodea. Debe de sentirse muy solo.

Henry y June – Anais Nin

Mi primo Eduardo llegó ayer a Louveciennes. Charlamos a lo largo de seis horas. Él llegó a la misma conclusión que yo: que necesito una mente mayor, un padre, un hombre más fuerte que yo, un amante que me guíe en el amor, porque todo lo demás es demasiado autocreado. El impulso de crecer y de vivir intensamente es tan imperioso en mí que me es imposible resistirme a él. Trabajaré, amaré a mi marido, pero también me realizaré a mí misma.

La senda del perdedor – Bukowski

La primera cosa que recuerdo es estar debajo de algo. Era una mesa, veía la pata de una mesa, veía las piernas de la gente, y una parte del mantel colgando. Estaba oscuro allí debajo, me gustaba estar ahí. Debió haber sido en Alemania, yo debía tener entre uno y dos años de edad. Era en 1922. Me sentía bien bajo la mesa. Nadie parecía darse cuenta de que yo estaba allí. La luz del sol se reflejaba en la alfombra y en las piernas de la gente. Me gustaba la luz del sol. Las piernas de la gente no eran interesantes, no eran como el trozo de mantel que colgaba, ni como la pata de la mesa, ni como la luz del sol.

Neuromante – Gibson

EL CIELO SOBRE EL PUERTO tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto.

—No es que esté desahogándome —Case oyó decir a alguien mientras a golpes de hombro se abría paso entre la multitud frente a la puerta del Chat—. Es como si mi cuerpo hubiese desarrollado toda esta deficiencia de drogas —era una voz del Ensanche y un chiste del Ensanche. El Chatsubo era un bar para expatriados profesionales; podías pasar allí una semana bebiendo y nunca oír dos palabras en japonés.

Mortal y rosa – Francisco Umbral

CUANDO me arranco al bosque de los sueños, a la selva oscura del dormir, y me cobro a mí mismo, me voy lentamente completando. Porque he dejado de interesarme por mis sueños. A la mierda con Freud.

Todo lo que somos, sí, tiene ese revés de sueño, ese cimiento o esa escombrera turbia, y alguien se preguntaba, irónico, por los sueños de Kant, de Descartes, de Hegel. ¿Qué clase de sueños no tendrían esos monstruos de razón? Toda la represión mental de sus sistemas había de tener, sin duda, un revés caótico, doliente y atribulado. Cómo negar la mitad en sombra de la vida, si están ahí los sueños. Hay una época de la existencia en que uno decide ser sólo sus sueños, y el surrealismo es una adolescencia en cuanto que quiere alimentarse de sueños. Hay una madurez, un clasicismo —a cualquier edad de la vida— en que optamos por nuestra razón, por nuestro rigor, por nuestra estatura. Qué más da. Tan pueril es vivir de sueños como vivir de silogismos. Claro que se vive de lo que se puede, y tarda uno en aprender a vivir de realidades, de cosas, de objetos, como viven los seres naturales.

La vieja guardia – Scalzi

El día que cumplí setenta y cinco años, hice dos cosas. Visité la tumba de mi esposa y me enrolé en el ejército.

Visitar la tumba de Kathy fue lo menos dramático. Está enterrada en el cementerio de Harris Creek, a poco más de un kilómetro de donde yo vivo y donde juntos formamos nuestra familia. Hacer que la aceptaran en el cementerio fue más difícil de lo que quizá debería haber sido; ninguno de los dos esperaba necesitar un entierro, así que no habíamos hecho los preparativos. Es un poco mortificante, por usar la palabra adecuada, tener que discutir con el director de un cementerio sobre el entierro de tu esposa, que carece de reserva. Al final, mi hijo, Charlie, que casualmente es alcalde, tiró de unos cuantos hilos y consiguió el solar. Ser padre del alcalde tiene sus ventajas.

Aullido – Ginsberg

He visto los mejores cerebros de mi generación destruidos por la locura, famélicos, histéricos, desnudos,

arrastrándose de madrugada por las calles de los negros en busca de un colérico picotazo,

pasotas de cabeza de ángel consumiéndose por la primigenia conexión celestial con la estrellada dinamo de la maquinaria de la noche

Anna Karenina – Tolstoi

Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su modo.

Todo estaba patas arriba en casa de los Oblonski. Enterada de que su marido tenía una relación con la antigua institutriz francesa de sus hijos, le había anunciado que no podía seguir viviendo con él bajo el mismo techo. Esa situación, que se prolongaba ya por tres días, era dolorosa no sólo para el matrimonio, sino también para los demás miembros de la familia y la servidumbre. Tanto unos como otros se daban cuenta de que no tenía sentido que siguieran viviendo juntos, que los huéspedes ocasionales de cualquier pensión tenían más cosas en común que cuantos habitaban esa casa. La mujer no salía de sus habitaciones, y el marido hacía ya tres días que no ponía el pie por allí. Los niños corrían de un lado para otro desconcertados; la institutriz inglesa había discutido con el ama de llaves y había escrito una nota a una amiga en la que le solicitaba que le buscara una nueva colocación; el cocinero se había largado el día anterior, a la hora de la comida; la pinche y el cochero habían pedido que les abonaran lo que les debían.


Desde Tolstoi hasta Ginsberg, pasando por Welsh y Scalzi, que son autores que se llevan siglo y medio, y de estilos radicalmente diferentes, todos ellos, atacan el problema del comienzo de una forma similar. ¿Es casualidad?

Muchos autores noveles intentan rechazar este argumento con justificaciones del tipo “necesito situar al lector en el mundo donde transcurre la acción”, o “quiero que el lector llegue a la situación de forma natural, no forzada”. El resultado será que será muy complicado entrar en la novela y el lector tendrá que hacer un esfuerzo para seguir leyendo. No es la mejor forma de atrapar lectores, sobre todo cuando hay tantísimos libros por leer y aún más si es el libro de un desconocido.

Otra de las normas básicas de cualquier comienzo es mirar con lupa las reglas básicas de estilo y corrección ortotipográfica. No sólo se trata de usar correctamente la ortografía y de no repetir las mismas palabras en dos frases consecutivas, sino de evitar las frases largas y complejas de leer, adverbios acabados en mente o un exceso de adjetivos, más aún si van delante del sustantivo.

Cuando el lector entra en el texto de un autor nuevo, tiene que amoldar su cerebro a la manera de escribir del autor.

Pónselo fácil, no le aturdas de golpe, suaviza el aterrizaje y pule con esmero las primeras páginas. He visto en muchas ocasiones, textos donde en el primer párrafo había una palabra con una letra perdida, o repeticiones de la misma palabra en dos frases consecutivas. Un error así de grave en el primer párrafo, no digamos ya una falta de ortografía, es casi una señal de advertencia al lector: “Cuidado, este texto no está terminado, ni siquiera me he revisado el primer párrafo”.

 

En definitiva, si pudiéramos ubicar la importancia de los elementos de un libro de cara a un lector que no conoce al autor, yo diría que van en este orden:

  1. Portada.
  2. Título.
  3. Sinopsis
  4. Contenido del primer párrafo.
  5. Contenido de la primera página.

Si has conseguido que el lector llegue hasta el quinto punto ¡enhorabuena!, tendrás tiempo de engancharle poco a poco. Pero no es fácil, son cinco aspectos esenciales del libro.

 


Nicholas Avedon
Escritor ciberpunk

     1. Sobre mí.

Escritor ciberpunk nacido en Madrid y viviendo en el futuro. Amante de las historias sucias con finales felices. Géneros favoritos la fantasía y la Ciencia Ficción, aunque lo que de verdad me gustan son los personajes. Si quieres saber más sobre mi pincha aquí.

     2. Sobre mis libros.

A finales de 2016, tras cuatro años de trabajo, he publicado mi primera novela: “11,4 sueños luz,” pura ciencia ficción distópica con tintes ciberpunk y de novela negra. Al principios de 2017 publiqué “Histerias ficticias“, una recopilación de relatos que contiene ciencia ficción y fantástico, entre otros géneros. Actualmente estoy preparando Lágrimas Negras.

Puedes pinchar en cada libro para saber más sobre él.

guía de supervivencia del escritor novel

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6 Comentarios

  • Reply Carmen 25 mayo, 2017 at 10:09

    Estoy de acuerdo con lo que dices, aunque como lectora te diré que si un libro comienza muy bien me anima a seguir, pero el cierre de la historia es el que marca si me gusta o no al final.
    Comparto tu post
    Gracias

    • Reply MJ 25 mayo, 2017 at 10:42

      Me pasa lo mismo: si el final no me gusta, no me gusta la novela por muy buen principio que tenga. Pero para empezarla tiene que ser así. Creo que es algo que a mi no se me da nada mal (los comienzos) y creo que la fastidio más en los finales 😉

  • Reply Elena Álvarez 25 mayo, 2017 at 10:23

    Es sobre todo impactante leer los principios de libros que ni conoces ni sabes de qué van: hay tantas posibilidades de lo que pueden significar estas líneas… Uno de mis hobbies favoritos es releer las primeras líneas una vez que he terminado el libro: si mi percepción sobre estas cambia, ha pasado la prueba de fuego. ¡Gran artículo!

    • Reply MJ 25 mayo, 2017 at 10:42

      La verdad es que suena genial. Sería un artículo muy chulo para desarrollar. A ver si te animas y lo escribes, me encantaría leerlo. 🙂

  • Reply Jen Moraz 29 mayo, 2017 at 18:14

    Algo que tienen mis historias son muchas versiones del inicio de la misma. Sobre todo para autores que no somos nada conocidos, creo que es primordial atrapar al lector desde los inicios. Como bien dice el artículo, Tolkien se puede permitir el lujo de meter una parrafada infernal al inicio, pero claro, es que a Tolkien ya lo conocemos todos y sabemos de qué va. A mí al menos, me conoce mi madre y no sé jejeje.

    En fin, gran artículo. Muy inspirador para seguir peleándome con las primeras páginas de mis novelas.

    Saludos 🙂

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